Vista-de-la-ciudad-de-Nueva-York

NUEVA YORK O NADA

Alberto Soto, 23 años, Curso de Inglés de 6 meses Soho, NYC

Un amigo me sorprendió con que se iba a estudiar inglés a Estados Unidos, lo escuché con atención, y de pronto me di cuenta que eso era exactamente lo que yo quería hacer, y no tan solo después de escucharlo, sino que de corazón lo quería, solo que no sabía que lo quería: viajar, aprender, vivir y disfrutar una experiencia en otro país.  Debo decir que aparentemente no me sucedió solo a mí, y poco a poco fui viendo cómo otros amigos también lo hacían y todos regresaban con un montón de historias para compartir, además de un nivel de inglés envidiable, adquirido rápido y eficazmente.

Si bien es cierto, la influencia de la experiencia de mis amigos en mi plan a estudiar inglés en el extranjero fue importante, la verdadera razón por la que fui es porque quería vivir en carne propia la experiencia americana y –por qué no- hacer el intento de quedarme.  No por violar alguna ley o algo, sino solamente por ser parte de algo que hasta ese momento solo había visto en televisión y en el cine.  Definitivamente iría a Estados Unidos, y de todas las ciudades, elegí Nueva York.  Cuando me preguntan por qué, siempre respondo: “si dinosaurios, Muppets, Cazafantasmas, extraterrestres, mafiosos, asesinos, ídolos musicales, modelos, deportistas superhéroes y un sinnúmero de personajes pudieron usarla de escenario para sus propias historias, ¿por qué yo no?”.  Yo quería ser parte de eso, y no descansaría hasta conseguirlo.

Con mi familia analizamos las alternativas, y a pesar de que cualquier otra ciudad era más conveniente, la decisión ya estaba tomada, y mis padres me apoyaron (afortunadamente, pues ellos pagaban).  Luego procedimos a evaluar la oferta de escuelas, y tampoco fue muy difícil decidir, una estaba ubicada en las afueras de la ciudad, y la otra en pleno Manhattan.  La verdad mi único interés era estar en NYC, vivir y estudiar ahí por seis meses, y afortunadamente encontramos la escuela perfecta para mí.  Tomada la decisión, comenzó un proceso que pudo haber sido eterno, pero que gracias a ciertos hitos, pude dividirlo en pequeñas etapas que lo hicieron más soportable.  Primero mi carta de aceptación, luego mi visa, después vinieron las celebraciones y despedidas, y finalmente unas breves vacaciones en familia que hicieron aún más corto el plazo que debía esperar para iniciar mi aventura, y de paso calmaron considerablemente mi ansiedad.

Hasta que llegó el día de partir.  Toda mi ansiedad se me vino encima como una gran ola de mar de esas que surfeas, o sucumbes, y no dudé en surfearla.  Tenía tanto por hacer, por conocer, por vivir, que el vuelo se me hizo muy corto.  Llegar al aeropuerto JFK fue impactante y también darme cuenta de la velocidad de esa ciudad: todos se mueven, respiran y hablan a una velocidad que no conocía, que me obligó a ser protagonista de un cuasi enfrentamiento para poder tomar un simple taxi, aprender de memoria los mensajes en off que se escuchan en el metro, y lo mejor: conocer un clima totalmente diferente al de mi país, uno con frío, lluvia y nieve, que para mí fue simplemente espectacular.

Escribí esto para hablar de mi experiencia, más que del curso propiamente tal, por eso no puedo dejar fuera las cosas que jamás  olvidaré: mi primera caminata en Central Park, donde pude ver esa instantánea única, que combinaba la laguna, con el parque y de fondo la ciudad (que se inmortalizó como uno de mis mejores aportes a Instagram); y mi primera salida nocturna, que además de ser muy entretenida, me puso en un desolado Times Square a las 4 am, un verdadero privilegio.

Cumplí mi sueño, junto con aprender otro idioma, hacer amigos y fabricar una tonelada de los mejores recuerdos.  No me quedé, no era el momento, pero me prometí volver, con otra edad, con otra forma de ver el mundo y probablemente con otro objetivo.

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